Cincuenta sombras de Grey: ¿El renacimiento de la pornografía?

El Dr. Adrián Sapetti, médico psiquiatra, sexólogo clínico, miembro de la Academia Internacional de Sexología Médica y autor de, entre otros libros, “Derecho al goce”, “Sexo: un camino hacia el placer compartido” e “Historias de amor y desamor”  a continuación nos hace una interesante reflexión sobre el estado actual de la pornografía.

A partir de Internet, del cine y de algunos libros ha surgido una oleada de material erótico y pornográfico que, si bien la producción de material audiovisual para excitar a las personas existió desde tiempos inmemoriales ahora ha surgido un rebrote con algunas características llamativas.

El suceso de “Cincuenta sombras de Grey” puso al mercado de novelas eróticas en el centro de atención, donde desde hace tiempo viene ganando espacios. Sin embargo, la mirada se detuvo en la historia de sexo explícito que atraviesa la historia y al que llamaron “porno para mamás”.

Las novelas eróticas y pornográficas no son nuevas: desde el “Cantar de los Cantares” al escritor inglés Geoffrey Chaucer, desde Ovidio a Aretino, del “Decameron” al “Kamasutra”, del “Ananga Ranga” a “Las 1001 noches”, de Safo a Anaïs Nin, sin olvidarnos del marqués de Sade, ya aparece el sexo con todas sus variantes. Pero casi siempre resultaban mujeres cortesanas, hetairas, intelectuales, hasta participaban monjas, como en el cuento de Bocaccio. En “Sombras…” el sesgo de las parafilias se detiene en “una chica como cualquiera”, una sencilla empleada, una esclavizada ama de casa. Hay una oficinista que va leyendo el libro en los viajes en trayecto a la casa y al trabajo. Otra, se devora el libro, en las horas libres que le depara su función hogareña de madre y de jefa de familia.

Ray Bradbury decía que tenemos que inyectarnos todos los días con fantasías para no morir de realidad. Y ante esa monotonía de la vida la lectora se identifica con la heroína del libro. Ella franquea lo infranqueable, total la fantasía todo lo puede. Atrapada entre que tiene que ser una mujer sexy, bien mantenida a través de los años, deseante, multiorgásmica, cultora del punto G, contrasta por otra parte con su vida gris (en inglés este color se dice grey), con su soledad –aunque esté casada-, con los cambios de su cuerpo. Parafraseando a Pessoa: leer este tipo de libros es una agradable manera de ignorar la vida.

El proceso de aprendizaje de la sexualidad se ha realizado desde la primera infancia de modo no explícito a través de los años: en las mujeres, velos y sugerencias se han opuesto a una actividad sexual directa, más propia de los varones. La visión ampliada de lo genital, en películas y revistas, puede producir un impacto estético, a veces desagradable. Justamente, films y fotos, han sido concebidos desde esta particular manera masculina de entender la sexualidad: el cuerpo de la mujer es cosificado como objeto de uso para la satisfacción del varón y no como disfrute mutuo.

La reiteración de penetraciones es notable y el pene es utilizado como un ariete, en lugar de ser una parte del cuerpo que proporciona placer a la compañera. Es común observar que el macho “monte” desde atrás a la mujer semejando la escena a una verdadera cabalgata, en donde a ella se la coloca en el lugar del animal (“more ferarum”… como las fieras, diría Freud). La pornografía reduce el erotismo a unas limitadas partes de los cuerpos que, en ambos sexos, son mostrados como meros fragmentos humanos. Pero este hecho se exacerba considerablemente con las mujeres: senos, glúteos, vulvas y orificios en primeros planos, y la boca en tanto receptora del pene, aparecen desvinculados de los afectos. Los rostros, en general, evitan manifestar situaciones de ternura y compañerismo sexual. A veces se ven grotescos maquillajes, rostros mirando a la cámara, uñas excesivamente largas.

En el varón existe un privilegio del pene, sobredimensionado en tamaño y posibilidades en cuanto a duración y frecuencia coitales. La obtención del orgasmo femenino aparece en estos films como algo exagerado y producto exclusivo de la visión o utilización del falo. En cambio, el orgasmo de los varones es exhibido fuera de cualquier orificio, rociando así el líquido seminal sobre diversas partes del cuerpo de la mujer, particularmente en la cara (creamy).

La pornografía construye mitos de cómo debe ser la sexualidad, creando altos niveles de exigencia que, como consecuencia, contribuyen a la persistencia de conflictos sexuales en los espectadores que padecen cuadros de impotencia, eyaculación precoz, anorgasmia o complejo con el tamaño del pene. Se sostiene, tendenciosamente, que el largo del pene es lo más importante para la satisfacción femenina o que las mujeres se excitan si son maltratadas o aun violadas.

Por eso algunas mujeres rechazan la pornografía, quizás porque ha sido concebida desde esa particular manera masculina de entender la sexualidad.

Por ejemplo la reiteración de penetraciones es notable pero se parece más a golpes, en los que el pene es utilizado como un arma que daña, en lugar de ser una parte del cuerpo que proporciona placer a la compañera. La definición de erotismo deriva del dios del amor Eros, en cambio pornografía alude semánticamente a un “tratado sobre la prostitución, el escribir sobre las prostitutas”. La existencia de esta profesión garantizaría la “castidad y decencia de las otras damas”, configurando así una doble moral en la que habría dos tipos de mujeres: las destinadas para el placer del varón son, al mismo tiempo, desvalorizadas para el matrimonio y la maternidad y, en sentido inverso, aquellas presentadas en sociedad no deberán comportarse como muy ardientes o provocativas. Desde esta óptica es posible entender por qué la concepción pornográfica nace en función de las necesidades de los varones y por qué las mujeres se sienten excluidas violentadas o utilizadas ante su exhibición, lo que no quita que algunas de ellas también logren excitarse en muchas oportunidades.

Aún hoy está mal visto que las mujeres disfruten y busquen placer. Hay un cierto tipo de varón que aun vive en la época paleolítica que piensa que eso es de “atorrantas”, de ligeras, de fáciles, pero creo que este varón se quedó en aquella época de la edad de piedra. Que la mujer disfrute y busque placer suele redundar en placer también para sus compañeros y aquel que lo sepa disfrutar gozará doblemente.

La literatura romántica y erótica no es nueva. Hay quienes dicen que antes era un género que avergonzaba (muchas mujeres solían tapar las cubiertas de los libros). En cambio, hoy los leen en cualquier lugar. De hecho Internet abrió puertas de un nuevo espacio de intimidad femenina. En la red muchos se atreven aconsejar para mejorar la vida sexual de otros. Por esta razón muchos consideran que se trata de un claro avance femenino sobre terrenos que durante siglos fueron considerados patrimonio masculino.

Creo que hubo un avance de las mujeres en todos los ámbitos: culturales, políticos, universitarios, y también sexuales en áreas que eran sólo masculinas. Pero aun hoy hay sociedades que relegan a la mujer a un lugar secundario, sexofóbico, castratorio y anhedónico.

La culpa persigue aún a mujeres y a varones, pero hemos ido aprendiendo a enterrar los viejos mitos familiares, sociales y religiosos. George Tabori decía que sólo queríamos ser felices y nos inventaron el pecado

Obras de este tipo, colocan a la mujer en un rol de sumisión, humillación y acoso. Muchos se atreven a hablar de violencia de género. En el libro se ensalzan escenas de SM, bondage y fetichismo que tienen que ver con la sumisión y el sometimiento de la mujer.        

 “No existe ninguna sensación que sea más activa, más incisiva que la del dolor.”      

                       Marqués de Sade

“…un sádico es siempre un masoquista al mismo tiempo.”

                  Sigmund Freud

 Si bien con poca frecuencia suelo recibir a pacientes que sólo llegan al placer o al orgasmo mediando prácticas masoquistas, algunos recurren a sus propias parejas o van con mujeres o varones pagos, con gente ligada a la prostitución para ser “disciplinados”; en general se da mayoritariamente en varones. El término masoquismo define el placer sexual asociado con el deseo de recibir dolor, humillación o dominación; este término fue descrito por el médico alemán Kraft Ebbing, tomándolo del apellido de un profesor de Historia y luego devenido novelista, el austríaco Von Sacher Masoch que escribió varias obras de tono masoquista, de las cuales la más famosa es “La Venus de las pieles”: allí cuenta que se hacía castigar por una dama envuelta en pieles. Inspirado en esta obra el director polaco Román Polansky ha filmado “La Venus de las pieles (2013).

En su vida personal Sacher Masoch no pudo desprenderse de una experiencia vivida cuando tenía 10 años al contemplar una escena en la cual una tía suya hacía el amor con su amante. Desde un escondite, quizás un armario, también presenció la llegada del marido a quien la mujer castigó con un látigo por su intromisión (me imagino a la mujer diciéndole al marido, mientras lo disciplinaba: “imbécil ¿cómo te animas a incomodarme y molestarme entrando así a la pieza?”). Desgraciadamente para el joven Masoch también fue descubierto y flagelado con el mismo látigo, quedando fijado a esa etapa infantil viendo detenido así su desarrollo sexual normal.

Podemos hallar los primeros registros históricos de estas prácticas en la Roma Imperial, como en los escritos de Juvenal en su “Sátira VI”. El escritor Petronio, en su “Satiricón”, relata la utilización de la flagelación como tratamiento contra la impotencia: cuando el joven Encolpio, aquejado de dificultades en la erección, consulta con la sacerdotisa, ésta le propone flagelarlo con ramas de ortiga (con fama de afrodisíaca) mientras sería penetrado con un olisbos (falo de cuero) untado en aceite de oliva. Encolpio huye espantado curándose así de su impotencia (cómo se verá se transitó mucho camino hasta llegar al Viagra).

El primer intento sistemático de explicar el castigo como estimulante de la sexualidad fue planteado por el médico alemán Meibom, cerca del 1600, en un tratado llamado “Del uso de la vara en la cosa venérea y en el oficio de los lomos y de la riñonada” donde indica que “los azotes debían aplicarse en las nalgas, porque de esta manera se transmitía calor a las zonas productoras de semen, el que vigorizado descendía hacia el pene produciendo su erección”.

Volviendo al 1600: en esa época la flagelación invade la vida erótica europea y se la llegó a llamar “el vicio inglés” (aún hoy se debate en algunos colegios ingleses el hábito de flagelar o no a los alumnos castigados). Fue, precisamente, en Inglaterra donde se crearon establecimientos destinados a la flagelación, a los que concurrían los más encumbrados personajes del país. Durante el período de la Regencia (siglo XIX), el más conocido fue el dirigido por Teresa Berkeley la cual, además de sus habilidades personales, ofrecía una máquina como el “caballo metálico” inventada para “torturar caballeros”.

Rousseau, en las “Confesiones”, plantea su obsesión de generarse placer siendo flagelado. Si bien es cierto que algunas personas necesitan ser castigadas y golpeadas físicamente para lograr el goce, hay muchas otras que procuran verse humilladas y sometidas, configurando extraños y complicados rituales dignos de la mejor ficción literaria del marqués de Sade quien, en sus obras –y en su vida-, inmortalizó muchas de estas fantasías o ceremonias masoquistas. Es cierto que con más frecuencia esta práctica de recibir castigos corporales es más frecuente en varones y que la mujer, como dicen algunos investigadores, es más proclive a un “masoquismo emocional”.

Esta necesidad de denigración y vejámenes, cuando es constante y excluyente como práctica sexual desviada (parafilias) suele connotar características neuróticas relacionadas con la culpa y entroncadas con los vínculos de la infancia.

FOUCAULT opinaba diferente sobre el SM:

“Consideramos la subcultura sadomasoquista, por usar una locución cara a nuestra amiga Gayle Rubin. No creo en absoluto que esa multiplicación de prácticas sexuales guarde ninguna relación con la actualización o la revelación de tendencias sadomasoquistas escondidas en el profundo de nuestro inconsciente. El sadomasoquismo es mucho más; es la creación efectiva de nuevas e imprevistas posibilidades de placer. La creencia de que el sadomasoquismo guarda relación con una violencia latente, que su práctica es un medio para liberar esa violencia, de dar rienda suelta a la agresividad es un punto menos que estúpida.

Es bien sabido que no hay ninguna agresividad en las prácticas de los amantes sadomasoquistas; inventan nuevas posibilidades de placer haciendo uso de ciertas partes inusitadas del cuerpo, erotizándolo. Se trata de una suerte de creación, de proyecto creativo, una de cuyas notas destacadas es lo que me permito denominar desexualización del placer. La creencia de que el placer físico procede simplemente del placer sexual y de que el placer sexual es la base de cualquier posible placer es de todo punto falsa. Las prácticas sadomasoquistas o que prueban es que podemos procurarnos placer a partir de objetos extraños, haciendo uso de partes inusitadas de nuestro cuerpo, en circunstancias nada habituales, etc. La identificación entre placer y sexo está pues superada. Así es. La posibilidad de hacer uso de nuestro cuerpo como fuente de una pluralidad de placeres reviste una enorme importancia. Si nos atenemos a la construcción tradicional del placer, comprobamos que los placeres físicos o carnales tienen su origen siempre en la bebida, en la alimentación y en el sexo. A mi juicio, ahí quiebra nuestra inteligencia del cuerpo, de los placeres. No se trata sino de sondear el placer y todas sus posibilidades.”

 

En la actualidad las escenas de sexo no sólo develan en los textos..Muchas de las series reconocidas a nivel mundial incluyen escenas de sexo, muchas veces explícitas. Hoya hay nuevas formas de pornografía: la posporno, la pornoprolapso y otras variantes que ameritarían otra nota. Gracias a la mayor divulgación que hay en los medios, a la labor de sexólogos y educadores sexuales, pero también vemos algo que Henri Marcuse llamaba “desublimación represiva” que es una manera de reprimir haciendo creer que alguien deja de sublimar el sexo y llevándolo así a una mayor represión.

Nota: para este artículo han sido tomados párrafos de “Sexualidad en la pareja” de Sapetti, A. y Rosenzvaig R. (Editorial Galerna)